La sencillez de los cines capitalinos

Escrito por: Margarita Isabel Morales Bonilla

Ver una película es una actividad común para muchos que se ha ido modificando con el paso de los años, para los cines ha sido un verdadero cambio, si hoy construyen un cine por allá, uno cerca de mi casa, o incluso si ya no se construyen, es claro que no tiene la misma importancia ni impacto que cuando comenzaban a surgir estos espectáculos en la capital del país.

Hoy en día ya no es necesario ir al cine para ver una película debido a las plataformas, para las nuevas generaciones es completamente ajeno compartir la experiencia que tuvieron nuestros padres, abuelos, e incluso bisabuelos, algunos de ellos pudieron haber experimentado los primeros salones o cines dentro de
la Ciudad de México siendo testigos de cómo fueron cerrados o perdiendo importancia.

Conocemos de aquellos cines por las fotografías, anécdotas que
nos cuentan nuestra familia o vemos en diferentes medios, sin embargo, ¿realmente nos ponemos a pensar en su historia?
Al principio, los salones que proyectaban películas se encontraban dentro de viejas casas, pero con el paso del tiempo más gente
se comenzaba a interesar y visitaba estos lugares, por lo que los empresarios empezaron a techar y acondicionar espacios exteriores para tener más público durante las proyecciones.

En la etapa presidencial de Porfirio Díaz, se dio a conocer el primer
cine de la Ciudad de México: Salón Rojo. Fue un edificio perteneciente al minero, José de la Borda, quien se encontraba construyendo la mansión más grande de la capital novohispana en 1775, sin embargo, falleció antes de verla terminada, pero eso no impidió que por un tiempo fuera utilizado para viviendas y comercios.

Más tarde, Jacobo Granat, un empresario de origen judío que
llegó a México en 1992 tuvo iniciativa en el cinematógrafo e interés por impulsar el cine en México, es por eso que compra el Salón Rojo (Casa Borda) en 1902, que después sería inaugurado en 1906, convirtiéndolo en un cine elegante, siendo identificado en 1915 como el principal cine de la capital y la primera sala pública de la ciudad.

Ubicado entre las calles San Francisco, hoy en día Madero, y Coliseo, un epicentro de la actividad artística capitalina, el Salón Rojo estaba formado por tres salones de proyección de dos pisos, y otros más dedicados a servir alimentos, uno de los aspectos más impresionantes para su público fue la escalera eléctrica que conectaba con el segundo piso. En sus inicios tenía cabida para 60 personas, con el paso del tiempo se fue agrandando hasta
llegar a los 900 lugares.

Algunos cines fueron modificados para adaptarse a los nuevos gustos e intereses de las personas y de las compañías que solo mantienen la idea de generar dinero. Esto le sucedió al Cine Olimpia, que hoy en día el edificio forma parte de un centro comercial.

Fue construido en 1524, pero comenzó su edificación para fungir como teatro cinema en 1919 y se inauguró dos años después con el presidente Álvaro Obregón. Ubicado en la calle 16 de septiembre del Centro Histórico, es considerado el cine más antiguo de todo el país, convirtiéndose en un reconocido centro cultural. Su encargado era Fernando de Fuentes, el más importante director de cine mexicano en los años treinta, trayendo a México el expresionismo alemán y la vanguardia soviética.

El Cine Teresa, abrió sus puertas en 1924. Localizado sobre el eje central Lázaro Cárdenas del Centro Histórico, contaba con una decoración art decó, lujosa, con madera fina y mármol, esculturas y un mural enorme con damas marquesinas, tenía un aforo para 3 mil espectadores. El espacio se vio afectado económicamente por el terremoto del 85, así que comenzó a proyectar películas para adultos, siendo así el foro de películas pornográficas más antiguo y lujoso del mundo. También es reconocido por ser uno de los primeros cines que proyectaba estrenos de Hollywood, su primera función fue El hijo de la furia (1942) del director John Cromwell. Hoy en día solo cuenta con dos salas y su espacio forma parte de una plaza tecnológica.

Para el Cine Cosmos, fue diferente, a pesar de que no cerró sus
puertas, tuvo modificaciones y pasó a ser un foro cultural. Abrió
por primera vez al público en 1946, pero a causa de un incendio
fue destruido, por lo que se reinauguró en 1948 con la película
Agonía de amor (1947) del director Alfred Hitchcock, aunque originalmente la primera película que se iba a proyectar sería Un hombre inolvidable del director Alfred E. Green (1946) por un costo de 3 pesos, el día de la inauguración se incendió durante la prueba de iluminación.

Los primeros cines marcaron la infancia, la tarde y los momentos en familia felices de quienes los visitaban, las personas pagaban realmente por vivir la experiencia de ver a personas dentro de una pantalla y tratar de descifrar una historia, pasaba a segundo plano pagar por el tipo de experiencia, y con el paso de los años comenzó a haber diferentes cines que se adaptaban a las economías del público.

Para 1930 y 1940 los cines estaban divididos en “piojo”, los de segunda y los premiere. Estos cines eran aquellos que se localizaban en barrios, con 50 centavos la entrada, los de segunda costaban de 2 a 3 pesos y había venta de dulces, y los famosos cines premiere, tenían un costo arriba de los 20 pesos con proyecciones de películas nacionales y extranjeras, y era un espacio visual diferente.

Aunque las personas podían asistir al cine de su preferencia, las salas de cine logran hacer al público más sensible, el peso ya no recae solo en las películas, sino en el lugar. Los cines nos han dado algo más que un espacio para pasar el rato, también funcionan como un punto de encuentro entre personas que tienen cosas en común, hace que personas se unan para compartir gustos. Sí, las salas de cine han sufrido grandes cambios y nosotros como público hemos sido testigo de ello, pensemos en aquellas personas que vieron cuando estos fueron vendidos o cerrados y la nostalgia que les inundó o como se sintieron al ver que el primer cine al que fueron deja de existir.

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